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Mujeres y Consumo de Drogas


Durante el año 2002, se empezó a reflexionar en Chile acerca de la importancia de considerar un enfoque de género en el abordaje terapéutico para las mujeres que presentaban un consumo problemático de drogas, a partir de investigaciones dirigidas por el instituto de salud pública y Senda.

En la población femenina, el consumo de sustancias presenta patrones especiales y genera problemas de salud particulares, que demandan métodos específicos para su abordaje y tratamiento. El abuso de drogas puede ocurrir en cualquier etapa de la vida de una mujer. Sin embargo aproximadamente la mitad de las mujeres que usan drogas ilícitas se encuentran en edad de procrear, es decir entre 15 y 44 años de edad, lo que representa un factor de riesgo obstétrico y neonatal.

La edad es una variable importante para analizar el fenómeno de las dependencias. Las mujeres entre los 15 y los 35 años poseen una mayor prevalencia en el consumo de sustancias como cocaína, marihuana y alcohol. Décadas después (durante el climaterio y senectud) las sustancias de uso más frecuentes son el alcohol, cigarrillo y tranquilizantes.

Las mujeres son más susceptibles que los varones a las consecuencias físicas del alcohol, a igualdad en la ingesta etílica, las mujeres alcanzan valores superiores de alcoholemia debido al menor contenido acuoso. Los patrones de consumo abusivo y de dependencias a las drogas difieren entre hombres y mujeres, los primeros generalmente lo hacen en público, mientras que las mujeres suelen hacerlo en privado. Sin embargo, en las jóvenes esta tendencia ha ido cambiando utilizando los espacios públicos y grupales para el consumo de alcohol y otras drogas.

En algunos casos es posible observar que las mujeres han iniciado el consumo de drogas para acompañar a sus parejas con la fantasía de que así “ ellos consumirán menos y se harán menos daño” o por temor a perderlos, observándose una tendencia a establecer relaciones de dependencia afectiva con sentimientos de temor a la soledad y abandono. Se observa además, en las historias clínicas antecedentes de violencia intrafamiliar, maltrato físico y abuso sexual. Estos últimos generalmente silenciados y suelen ser concebidos por figuras cercanas. Generalmente las repercusiones de estas experiencias traumáticas podrían gatillar los futuros problemas con la dependencia de sustancias. Además, la reacción ante la depresión, la ansiedad y el estrés aparecen como desencadenantes del consumo de drogas.

La percepción social de la mujer dependiente a drogas está llena de prejuicios, rechazos y estigmas, no solo se cuestiona en su desempeño en la esfera publica, sino que también en su esfera privada con frases como “debe ser una mala madre”, esta situación promueve el ocultamiento del problema por temor al rechazo y sanción social postergando la ayuda y reconociendo el problema en etapas avanzadas.

Como terapeuta vislumbre esta situación en las primeras consultas, debido a que generalmente asisten solas, con mucho temor al rechazo y a la crítica, manifestando escasa red de apoyo familiar y social. Debido a lo tardío de la solicitud de ayuda se evidencia un mayor deterioro físico y mental. Dentro de sus principales motivaciones para realizar un cambio están sus hijos, familia y el temor de perderlos.

Por estos motivos, es importante tanto para los profesionales de la salud como para las personas cercanas a una mujer con problemas de dependencia, considerar los obstáculos y dificultades a nivel personal, social y familiar que ha debido enfrentar y que al momento de abrir su historia está dando el primer paso para reconocer la existencia de un problema. De esta forma, el generar un clima de respeto, apoyo y confianza, promoverá una mirada comprensiva, acompañada de intervenciones oportunas que se ajusten a las necesidades de cada persona.-